En algún momento no lejano oí comentar... (o
quizás dije yo) que hay que aproximarse cada vez más a Granada,
nuestra hermosa ciudad, porque conociéndola como ella se merece irá
desvelándonos mansamente sus ignotos y profundos secretos, sus íntimas
querencias y los desgarros de su grandiosa alma secular para que lleguemos
a poder hacernos cada vez más suyos y nosotros a ella, en justa reciprocidad,
cada vez más nuestra.

Tan simple como emocionada razón puede conseguir orientar a quienquiera
hacia esas raíces culturales que nos conforman así como en dirección
a unos fundamentos eticoestéticos radicales que, sin duda, llegan a
condicionar nuestro deber y querer hasta impelirnos a la práctica de
ese necesario y esencial reconocimiento en lo más genuino de esta mágica
urbe que nos contiene: en el maravilloso, recóndito y espléndido
barrio sintético del Albayzín que no sólo suele transmitir
las poderosísimas vibraciones de su fluir histórico, la intensidad
de su hálito y el vigor de su pulso sino, también, la sutileza
de una lábil invitación a que se comunique, incluso apasionadamente,
algo de su lánguida belleza paradójica y de su dilatada historia
que no es más que nuestra propia historia.
De este modo comencé, seguramente, mi asignada intervención
en la pasada conferencia inaugural del Curso... ¡qué memoria
la mía!... Pero si no hubiera sido así, qué más
da: al hablar de algo tan importante poco importan los
términos exactos; todos ellos, sean los que fueren, llegan a decir
lo mismo; todos ellos admiran y pulsan la grandiosidad de la experiencia vital
que este hermoso lugar, jirón étnico de nuestra memoria colectiva,
ha recorrido a lo largo de su agitada, convulsa y hasta sangrienta historia;
todos ellos lamentan el abandono que el barrio padece, la degradación
a la que lo estamos conduciendo y todos ellos constatan la progresiva desesperanza
y preocupación en esas soluciones que todo el mundo conoce pero que
nadie se atreve a poner en marcha.
UNA APROXIMACIÓN AL ALBAYZÍN
Que el Albayzín conforma Granada no es
ninguna invención, está en la esencia genuina de la ciudad:
la morfología urbana granadina se arma desde
la evolución del plano, desde el abigarramiento de la acrópolis,
desde la esencia romana del Cardus y el Decumanus máximus, ambos ocupando
la actual Placeta de las Minas, Cuesta de María la Miel, Aljibe del
Gato y, hasta parece ser, Plaza Larga. A partir de aquí, la evolución
progresa hasta el suburbio y lo rururbano: no importa la excentricidad geométrica,
eso es circunstancial; se debe al borde: al Este y a la Vega. Tampoco hay
que gastar tiempo en discutir dónde apareció la inicial Granada;
ha quedado resuelto tras las intensas controversias intemporales entre Elviristas
(Mármol, La Fuente, Seco,...) y Alcazabistas (Bermúdez, Simonet,
Fernández Guerra, Gómez Moreno, Gallego Burín y otros...):
el germen de la actual Granada apareció en el Albayzín lo que
no es incompatible con el poblamiento que después fue la musulmana
Ilvira. Ibn Jhatib, Ibn Alcutía e Ibd Adhari ya afirmaban, desde el
siglo VIII al XI, que lo que hoy es Granada constituía, entonces, la
ciudad más antigua de la región

Siempre que retrocedemos en el tiempo pasa lo mismo:
la toponimia actual de nuestra localidad entra en conflicto con la cronología.
Pero ¿quién la llamó Granada y por qué?: si comenzamos
con Mármol Carvajal vemos que llega a decir que la denominación
procede de que cerca de la Puerta de Guadix Alta (Bab Guadaix al Olya), en
lo más alto del Albayzín (parece que cerca de la actual capilla
de S. Cecilio en la muralla del S. XI) se instaló una fortaleza, la
de Hinz Roman; en castellano Castillo del Granado. De granado, granadas y
de ahí, por simplificación Granada. La ciudad del Castillo de
la Granada o Granada. ¡Fácil!
Otra versión, bastante inverosímil,
es la de Hurtado de Mendoza: una hija de Don Julián (gobernador del
Estrecho con Don Rodrigo) y por tanto hermana de la desgraciada Florinda,
consiguió llegar a lo que hoy es Granada e instalarse en la zona alta,
sin precisar si en la actual Antequeruela o en el famoso Albayzín.
De Gar (Cueva) y Nata (nombre de la referida doncella), aparece Garnata y
Granada.
Con su tradicional precisión Al-Khentil afirma que el topónimo
puede proceder del término hebreo Garnata (Ciudad de Peregrinos) o
del persa arabizado Gar (Ciudad Fortificada) y Natä (Elevada). La primera
opción se convierte en dudosa cuando nos preguntamos sobre la capacidad
de aquella ciudad para atraer colectivos en peregrinación. La alternativa,
en cambio, parece cumplir todas las pruebas a las que se le pudiera someter:
Ciudad fortificada constituye una evidencia aún hoy; lo de Elevada,
todavía más. ¿Quién lo puede poner en duda?.
Gallego, el famoso alcalde de Granada allá por los años cincuenta, dice muy retóricamente que la denominación bien podría deberse a la forma en que crecía la ciudad: cada expansión física llegaba a constituir una entidad más o menos homogénea a la que se le cercaba de murallas. Al ser las expansiones, lógicamente, diferidas en el tiempo, el resultado final se debió de parecer bastante a la estructura interna de una granada. Esa cree que fue la razón de la actual toponimia. Elijamos.
Si
nos aproximamos ahora a la cuestión toponímica de los barrios,
nos encontraremos de inmediato con la necesidad de explicar el significado
de Albayzín, que, por otra parte, no se identificaba físicamente
con el actual barrio por quedar restringido al territorio ordenado por la
Gimá Alaadama o Albayyezin, su Mezquita Mayor, origen de la actual
Iglesia del Salvador.
Existen varias versiones: de entre ellas hay dos muy en boga
y con suficiente entidad como para poder suministrar, cualquiera de ellas,
la explicación correcta. La más difundida es la que atribuye
su nombre a la llegada a Granada, en 1.228, de los fugitivos de Baeza como
consecuencia de la presión ejercida por las tropas de Fernando III
en su ataque a tierras del Alto-Medio Guadalquivir: Barrio de los de Baeza
se transformaría en Rabad Al-Baezin y, de ahí, Albayzín.
El problema es que existen bastantes localidades con barrios de igual denominación,
por ejemplo en Viznar, en Antequera, en Baena, en Pastrana,...: ¿tántos
eran los de Baeza?, ¿fueron capaces de llegar incluso a
Guadalajara....?. Es muy difícil de entender.
La versión más plausible es la que relaciona la aristocracia siria ubicada en un territorio que quedaría ordenado por la Mezquita Cachara ¿Yauzá? (en lo que hoy es la Iglesia de S. Nicolás) con unos fieles y apreciados servidores altamente especializados en el adiestramiento y cuidados del halcón cetrero. El término árabe que designa a ese ave es Baz (aún queda sobre la Placeta de la Charca el torreón de la Puerta del Halcón o Bad Al-Baz); halconero sería bayyezin y el arrabal de los halconeros Al Bayyezin o Albayzín. Barrio de los Halconeros parece ser la significación más probable.
La instalación aquí de los primeros musulmanes
no es sorprendente si recordamos que la avanzadilla militar llega en el 714
y ya en el 750 levantan una impresionante fortaleza defensiva en el Mauror.
Aún se conserva,... ¡qué maravilla!... es la Torres Bermejas
de Sawar Ibn Handum.

Un asentamiento permanente y relativamente masivo, colonizante, era preciso;
por ello, en torno al 765, la aristocracia siria busca un lugar apropiado:
cuenta esa leyenda-historia que por doquier fluye en el barrio, que cuando
Assez Ibn Abderraman El Xeibani, con sus piernas en compás y los rudos
brazos de combatiente apoyados en la cintura, observaba el paisaje desde lo
que hoy es la parte más elevada de la Cuesta de María la Miel,
justo donde termina la Placeta de la Minas, exclamó señalando
a lo lejos, que lo que se alzaba a su izquierda no podía ser Sierra
Nevada sino su amado Antilíbano, ni lo que aparecía al frente
podía ser la Sierra de Alhama porque sin duda era su añorado
Hermon y que aquella superposición de cercanas elevaciones era imposible
que fueran ni Sierra Elvira ni la Sierra de Parapanda, porque podían
ser, ¡debían ser! las deliciosas y brumosas cumbres de su Jebel
anhelado,... y a sus pies la feraz vega: aquello que veía no era una
tierra extraña, esa maravilla de transparencia tilinteante era Damasco,
la nueva Damasco.
Muchos granadinos están convencidos de la importancia de la dinastía iniciada por Alhamar. Llegan incluso a considerarla única o la primera en el proceso político de la Granada islámica. Se olvidan de quiénes forjaron el reino y fueron capaces de transmitirlo aunque indirectamente y a trancas y barrancas. Todo se inicia en la descomposición califal que aparece fulminantemente tras la muerte de Almanzor.
El enfrentamiento por el poder entre Abbasíes y Hammudíes será la clave de todo: Un general bereber, Zawi Ibn Ziri, apoya a Suleiman Al-Mutain quien consigue un trono tambaleante. El hammudí concede al bereber el gobierno de la Cora de Elvira. Corre el año 1.013 y Granada, aún vinculada a Córdoba, comienza a poner sus cimientos de taifato. El Gobernador Zirí no piensa en reinar sino en enriquecerse para poder ser monarca en su querida Ifriquiya. En 1.019 sale de Almuñecar con toda su familia y riquezas dirigiéndose a alcanzar un sueño que nunca logrará. Granada queda como fruta en el camino.
Un sobrino de Ziri, Habus Ibn Maksan, señor de Iznájar, pretende la cora y el reino: en el mismo año de la marcha de su tío se adueña de Granada pero su inteligencia le habla de su incapacidad en la ardua labor de organizar un estado: él sólo sabe cortar cabezas y perseguir a las huríes de perfumada cabellera y misteriosa mirada. Cavila y el desánimo le atenaza: no puede confiar el proyecto a nadie de su clan, el Sinhaya; son tan incultos como él. Tampoco puede confiar en algún Zanata, abbasíe y enemigo. Imposible dejarlo en manos de los prestigiosos sirios; no eran de fiar. Tampoco le servían los eslavos mercenarios, ni los árabes españoles. No le quedaba nadie, nadie...

Nadie...?: quedaban los judíos, esos viejos y recónditos habitantes del actual Realejo y San Matías, la Garnata Al Yehud, en los que nadie confiaba más por ser distintos que por otra cosa. La fama y el prestigio del respetado Samuel Ben Nagrela le convencen y con el tiempo le nombra Visir, ... y ¡qué Visir!: organiza la hacienda, interviene en la modernización de la justicia, promueve la cultura, predispone a la tolerancia, da con su vida ejemplo de ética personal y de consumada y fina diplomacia. A la nobleza musulmana no le queda más remedio que respetarlo y, al final, hasta admirarlo; se la mete en un bolsillo.... La verdad es que debió de ser un gran tipo.
En el 1.035 Habus muere y le sucede su hijo Badis Ibn Habus, el granBadis, el famoso propietario del Dar Al Dic Roh, el visitante a regañadientes de la Gimá Sahnún, el compañero de juegos, correrías y juergas del hijo de Samuel. Pero los años pasaron y el viejo Nagrela, como cualquier mortal, terminó por irse. Todos lo lamentaron. Su hijo Yusuf será el nuevo Visir, pero su talante y sus hechos fueron distintos: agresivo, descarado, encastado y sañudo se empecina en un poder que cree caudillesco y vitalicio hasta llegar a enfrentarse con todos pero, sobretodo, con el peor enemigo posible: Abu Isaq, el walí de Elvira quien con su última diatriba cala en la predispuesta sensibilidad de la incomodada nobleza musulmana que cree que los tiempos pasan para algo, que ya nada es igual: ya no son los incultos y broncos guerreros que fueron, han aprendido en qué consiste la estructura de un estado y cómo funciona.
Les gusta la poesía, la música, las artes; su
sensibilidad es otra y, también, su capacidad: ya pueden ocupar puestos
de gestión, ya pueden sustituir, por méritos propios, a los
despreciables hebreos aunque siempre habría que exceptuar la respetada
figura del gran y buen Samuel: él era otra cosa.
El Pogrom de la Noche Vieja de 1.066 fue la culminación del malestar
reinante: la nobleza hebrea residente en torno a la actual plaza de San Miguel
Bajo fue sacrificada en sus propios lechos mientras iniciaba el reparador
sueño. Debió ser una noche espantosa, una verdadera noche de
cuchillos largos, de horror indescriptible y de lastimosos e infantiles lloros
y desgarradores llantos de mujeres asustadas tanto por el peligro que corrían
como por la incomprensión suscitada por una violencia tan cruel, humillante
e infame. Pero el mundo no se vino abajo: los judíos desaparecieron
del poder sustituidos por la aristocracia árabe y, mientras tanto,
Badis consigue la máxima pujanza para Granada: conquista territorios
de Málaga, de Jaén y consolida fronteras y, por si acaso, remoza
y fortifica las viejas Torres Bermejas de Handum.
Tras un largo reinado, el gran Badis muere en 1.075 y viene a sucederle tras toda suerte de dificultades y entresijos su nieto Abdallah, el famoso Bullugin, auténticamente y sin dudarlo, el primer Zogoybi de la historia granadina. Con él llega la decadencia: mimado por todas las mujeres de palacio, envuelto entre algodones, excesivamente sofisticado y dubitativo era el prototipo del blandengue, el paradigma del no saber qué hacer; carecía de la audacia del feroz Badis, de su pulso, de su capacidad de dormir de dos ojos con uno y medio abierto, de su confianza en sus actos y pensamientos y de su desconfianza por todo lo que cercano o lejano a él existiera. La enorme debilidad dinástica del reinado de Abdallah, coincidiendo con un importante auge de los integrismos almorávide dirigida por el visionario y terrible Yusuf Ibn Tasfin que, entre otras cosas, destrozó el palacio de Badis (donde se hallaba la Casa de la Lona y hoy las primeras casas del borde Oeste de la Plaza de San Miguel) llevado por la obsesión de encontrar el tesoro Zirí y confundido por la leyenda de la veleta del Gallo del Viento situada en los alrededores del actual Callejón del Gallo.
A
partir del 1.090 en que llegan los Devotos y que influyen bastante poco en
el urbanismo del momento, se prepara la siguiente oleada integrista de la
mano de los Unitarios o Almohades que con sus actuaciones urbanísticas
mejorarán el panorama arquitectónico de la ciudad: construyen
la Gima Ataibín, los ahora destruidos Palacios de Dar Al Baida y del
Neched, el Cuarto Real de Santo Domingo o de la Almanxarra así como,
en 1228, la almunia del Alcázar Genil (Qasr Al Sayyid) que posee una
hermosa y estilizada qubba similar a la del Cuarto Real, posteriormente imitada
y mejorada por los Nasríes cuando llegan a levantar la hermosísima
estancia casi sufí del salón del trono en la Torre de Comares.
Almorávides y Almohades constituyen la transición entre quienes
crearon un reino y quienes lo desarrollaron y perdieron. Que en ambos casos
se trató de un pequeño estado, un taifato, es cierto; sin embargo,
lo que por encima de todo importa es que fueron los Ziríes los que
hicieron posible Granada, una ciudad que nació en el Albayzín
y allí es donde se sigue proyectando su historia y sus esencias más
vitales.
Al Albayzín no basta con describirlo; hay que conocerlo sobre el terreno, calle por calle, rincón por rincón y piedra por piedra. Eso es imprescindible. Circunstancialmente y para "hacer boca" no está de más aislar algún itinerario de entre los muchos que el barrio ofrece y seguirlo de la mejor manera. La diapositiva, que constituye un buen soporte, no sólo hace posible centrar el comentario sino que, además, puede beneficiarnos de la recreación artística que se le quiera imprimir en pos de la intención didáctica a que hubiera lugar.
Un itinerario compacto, muy poco disperso y suficientemente indicativo es el que arrancando de Plaza Nueva, continúa por la Carrera del Darro (parte del antiguo Axarís), la Cuesta del Chapiz, Plaza del Salvador, Plaza de Aliatar, Panaderos, Plaza Larga, Arco de las Pesas, Carril de S. Cecilio, Placeta de las Minas, Aljibe de la Gitana, Placeta del Cristo de las Azucenas, Huerto del Carlos, Callejón de las Monjas, Placeta de los Chinos, Carril y Mirador de la Lona, Plaza de S. Miguel Bajo, Calle de Stª Isabel la Real, Calle de la Tiña, Quijada, Oidores, S. José Alta, Cuesta de S. Gregorio, Placeta de Porras, Plaza de Santa Inés Alta, Placeta de los Carvajales, Calle del Rosal, Cuesta del Granadillo, S. Juan de los Reyes, Cuesta de Santa Inés, Calle del Carnero, Placeta de la Concepción, Calle del Bañuelo, Carrera del Darro, Paseo de los Tristes, Puente del Aljibillo, Plaza y Cuesta del Chico, finalizando en la Alhambra.
Ante
la preciosista arquitectura de la Iglesia de Santa Ana y de San Gil no sólo
nos viene el recuerdo de los Alcántara, de Juan de Castellar y de Siloé
sino, también, la reflexión sobre el perfecto ejemplo, el paradigma
de integración urbana que supone que dos plazas físicamente
independientes sean funcionalmente capaces de actuar como una sola teniendo
en cuenta las excelencias que ello conlleva en el orden estético y
en la dinámica de transición paisajística, así
como en la cadencia de complementariedad arquitectónica y viaria que
se agrega al ritmo visual deeste magnífico y gran espacio. Siguiendo
por la Carrera del Darro, tachonada de nobiliarias casas cargadas de historia
y leyendas, nos encontramos con el soberbio trío urbanístico
formado por el Convento de Santa Catalina de Zafra, de 1.530 y Monumento Nacional,
por la extraordinaria iglesia de S. Pedro con el recuerdo del excepcional
Maeda y de la precisa albañilería de Pedro Solís, así
como por la Casa de Castril, encumbrada por su maravilloso y controvertido
plateresco a la vez que por el esquinero ciego en el único lateral
exento y coronado por su "Esperándola del Cielo" que tantas
fantasías y delirios ha desatado en la mente popular a lo largo de
los tiempos.
El
típico Paseo de los Tristes que bien pudiera serlo por celebrarse en
él las despedidas de los difuntos camino del Cementerio, o por que
a su largo paseaban de traje enlutado jueces, fiscales, abogados y pleiteantes
más serios que en un funeral y ensimismados en el planteamiento de
sus particulares estrategias legales, hace de colofón en este impresionante
tramo que transcurre entre el fluir cantarino del Darro y los tañidos
acompasados de los companiles de los monasterios próximos.
La Cuesta del Chapiz y su Placeta del Peso de la Harina con la estatua de un Chorroehumo herrumbroso y pinturero, acaba desembocando en una imprevista y hermosísima Plaza del Salvador que nos recuerda tanto a Maeda, a Siloé y al canónigo Pedro Soto de Rojas como a Benitez Carrasco y la Barbería del Trueno donde mi amigo José Luis no sólo se corta el pelo sino que, además, se entera de las últimas novedades del barrio, incluidas las perversas.
Si queremos recordar al verdadero Zogoybi, aquel al que se le pronosticó desde su mismo nacimiento un desventurado devenir como persona y como rey, nos habremos de detener en la mismísima Plaza de Aliatar, nombre del valiente e irreductible padre de Morayma que supo llevar con igual dignidad tanto su oficio de pobre especiero en Loja, su cargo de general de los ejércitos de su yerno Boabdil como el de noble señor de Zagra. La Casa de la Doctrina con los recuerdos de Albotodo, Laínez y el Arzobispo Guerrero sella esta preciosa unidad urbana intensamente armonizada dentro del insinuante y rumoroso entramado de un barrio prodigioso.

La calle de los Panaderos, verdadera arteria del comercio más cotidiano y doméstico, la Plaza Larga con su sabor ancestral y el tipismo del Aixa y la Porrona, nos hacen desembocar en el secularmente maltratado Arco de las Pesas que separó el barrio popular que dejamos atrás del recinto aristocrático de la Alcazaba Qadima solaz de Sirios primero y de Ziríes después. La Placeta de las Minas, ámbito que de inmediato encontramos, nos hace recordar la gesta del Ave María de Pérez del Pulgar, el reto del Tarfe y su derrota en manos de Garcilaso, así como las aventuras llenas de truculencia y engaños de Juan Flores, Juan Fdez. Echevarría y hasta, hay quien dice, de Cristóbal Medina Conde, ....¡menos mal que no lejos de allí había un convento de Mínimos!.
El Huerto del Carlos, con sus abundantes e impresionantes ruinas ibéricas así como el incomprensible empeño en facturar un aparcamiento de coches justamente en sus formidables entrañas arqueológicas, nos dirigen al Callejón de las Monjas o del Ladrón del Agua donde se nos viene a la memoria la imagen del contubernio Augsburgo de Beltrán García, Alvaro Cárdenas, del Vizconde de Cardona y de otros más que terminó en sumarísimo ahorcamiento bajo el arco.
El Palacio de Daralhorra con la realidad del destierro de Aixa que no pudo soportar la elección de la Rumía como favorita y la romántica leyenda del plural triángulo amoroso entre Yusuf-Kamar, Yahía y Omar-Zara consiguen transportarnos, a poco que queramos, a un fastuoso relato más propio de Las Mil y Una Noches que al de una Granada decadente y en tránsito hacia la Reconquista cristiana.
Bordeando el Callejón del Gallo que recuerda tanto la irracionalidad del Tasfín almohade como la leyenda que le llevó a la destrucción del Dar Al Dic Roh, nos emplazamos frente a esas humildes casas de vecindad cuyo solar fue parte de la rica heredad del gran Badis y que pasó, como la falsa moneda de la copla, de mano en mano como si quemara: de la corona a Rolando Levanto, de él al Arzobispo Azcalgorta, a los Trinitarios, a Juan Andrés Gómez (el de la fábrica de lonas y cordeles), al Vizconde de Roda y, tras varios intermediarios, a sus propietarios actuales. ¡ Eso es velocidad!
La
espléndida Plaza de S. Miguel Bajo, míseramente invadida por
todo, agobiada por una hiriente cacharrería multicolor y últimamente
agraviada con la construcción de una agresiva plataforma roqueña
de color de albero y con escalones aberrantes (¡parece mentira que casi
en el S.XXI se pueda permitir tamaña barbaridad!) queda contemplada
por el peregrino y lañado Cristo de las Azucenas y por el incrédulo
y hermoso oval del Aljibe árabe incrustado en el lateral de esa enhiesta
Iglesia de Asteasu, Alcántara, Villanueva y Martín, panteón
de los Mora, de Juan de Sevilla, de Bocanegra y de otros tanto Oidores. En
dirección Sur, y a muy pocos metros, nos encontramos con la Santa Isabel
de la más espléndida fusión arquitectónica, urbanística
y artística que se pueda hallar: el gótico, el mudéjar,
el renacimiento y el barroco terminan por redondear una obra que de no haberse
producido la conjunción de voluntades geniales y de soluciones genialidades
no hubiera podido llevarse a término. La admiración de Gómez
Moreno y su dedicación al arco florenzado no es sino sólo un
síntoma evidente.
Continuamos nuestra andadura por calles cortas, recoletas, frescas y sugerentes como las de la Tiña, Quijada, Oidores, San José, Cuesta de San Gregorio, Placeta de Porras (¡qué majestuoso plateresco!), Plaza de Santa Inés Alta, la estratégica y genial Placeta de los Carvales (aquellos señores de Jódar que, procedentes de Valencia de Don Juan, tanto apoyaron la conquista), la calle del Rosal, Cuesta del Granadillo... y otras más hasta terminar, de nuevo, en el Paseo de los Tristes desde donde, pasando sobre el Puente del Aljibillo, nos aproximamos al controvertido edificio del Rey Chico tan politizado y cargado de confusión subvenida e interesada que ha conseguido hurtar a la opinión pública, de un modo innoble y descarado, su derecho inalienable a decidir cómo quiere que sea su ciudad.
La subida por la Cuesta del Rey Chico, de los Chinos o de los Muertos según el gusto popular, no tiene más razón de ser que, situándonos en algún lugar de la Axabica (incluso dentro del recinto de la Alhambra), podamos extasiarnos ante la vista del soberbio paisaje de la cara sur del barrio que acabamos de dejar atrás. Qué esa maravilla la tengamos aquí, puede parecer increíble. Más increíble es, sin embargo, que no la conozcamos, que ignoremos un barrio tan substancial y vertebrador. Por ello hay que visitarlo, perderse en él, llevar a nuestros amigos y familiares incluso bajo la excusa de unas copas y unas magníficas tapas; hay que llevarlos para que lo disfruten,... para que lo huelan... Es cierto; el Albayzín tiene mucho de olor, de olores definidos y de olores confusos: lo mismo se huele a jazmín que a caca de gato o a ambos simultáneamente. A veces son los propios efluvios los que te conducen, los que te hacen reconocer los lugares, los que te permiten cerrar los ojos y percibir tu situación, los que llevas de lazarillo:

El suave perfume a jazmín del Camino Nuevo de San Nicolás o de la misma calle Bravo evoluciona, en un semicompleto ejercicio de sutileza casi racional, hasta la progresiva intensificación del galán de noche y hasta la explosión final de lo irrespirable, de la borrachera...
El acre olor de una recóndita Placeta de los Capellanes plagada de altivos, orondos y lustrosos gatos que ignoran tu paso preocupados en compensar la fugacidad de sus donjuanescos encuentros con la frecuencia de sus conquistas, te atrapa de repente tanto al entrar desde la Placeta de la Cruz Verde como viniendo de la Placeta de los Carvajales. Igualmente ocurre a lo largo del minúsculo espacio de la Placeta del Comino donde se percibe una sutil y divagante mezcla de perfumes envolventes: aquí se funde en una mareante indefinición, en una inacabada caricia natural,... en un no sé qué, el pastoso olor del arrayán con el denso y antiguo aroma de la tierra mojada fugitiva, seguramente, de los cármenes cercanos: Santa Elena, Alcazaba, Macasar...


Celso Fuentes Martos

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Un barrio morisco, y el Albayzín ya no puede serlo más, no ha de carecer de azahar, sería algo imperdonable. Su olor, tan denso, casi tocable con las yemas de los dedos, tan físico, tan túmido y tan íntimo, nos envolverá mientras recorremos la misteriosa y silente calle de Careillos justo cuando los efluvios de la mimosa y de las vecinas acacias dialogan delicadamente cabalgando la fugaz irisación metálica arrancada de las incipientes y turgentes alboreadas florales por las más precoces, osadas y juguetonas brisas de la primavera. Ahora, será el sedoso olor a madreselva que gradualmente se intensifica hasta la saciedad a medida que penetramos bajo el espeso dosel que cubre el empinado y breve transcurrir de una Azacayuela de belleza indescriptible, el que nos anuncia la cercanía de otra brevísima calle, la del Limón, abandonada pero digna, recoleta y paradójicamente espectacular por su propia elementalidad. A su final, la Placeta de Torres Molina reactiva poderosamente y a borbotones el atenuado y ya casi perdido olor mientras nos va ofreciendo una formidable visión de la vieja torre de la Gimá Ataibín y un San Juan de los Reyes con más remiendos que rotos.

Invitémonos al Albayzín, obliguémonos a un recorrido
por nuestras casi olvidadas sensaciones urbanas más genuinas. Cancelemos
las deudas que hayamos contraído con el tiempo, con nuestros ancestros
y con nuestra diferencial y especial cultura de pueblo viejo, sabio, sincrético,
tolerante y generoso y dejémonos llevar al nada proceloso mar de una
impresionante memoria colectiva que tanta identidad podrá hacernos
recuperar. Merece la pena. De veras...