Los familiares nos lanzaron las últimas recomendaciones y nos rindieron honores. Y a la orden de un "vámonos", nuestro gigante de dos plantas se puso en marcha. Por dentro era el bullicio juvenil, y por fuera el mundo hasta París. El mundo visto con 17 años.
Atravesamos la noche sobre la piel de España y en Burgos vimos de nuevo la luz del día. Y aquí, en un ir y venir de cuerpos lentos y bostezantes, dejamos una provisión en la oficina del estómago.
Al mediodía en San Sebastián. Mal tiempo de viento y lluvia, pero la ciudad seguía como siempre, bulliciosa y bella. En un incesante peregrinar recorrimos el Barrio Viejo y la Zona Romántica, vimos el agua rizada de la bahía y su ancha arenosa.
Por Irún dejamos la España de nuestros días. Atravesamos la línea de Francia con un "¡Nadie nos pide carnes ni pasaportes!". Realmente no importaba eso. Lo que interesaba era Burdeos, esa inmensa y no muy agraciada ciudad.
El hotel estaba bien, y mejor la cena. Y aunque cansados, la mayoría nos fuimos a pasear. El rumbo, desconocido. Nadie por las calles. Todo oscuro. Tarde y sin objetivo claro, decidimos volver. Ya estaba bien el primer día.
Al día siguiente, a Poitiers, donde visitamos el interesante Parque Temático. Y seguimos hacia París, donde llegamos poco después de la media tarde.
Ya en París y con hotel normalito cercano a la Plaza de la República. De sábanas y toallas deficientes en algunas habitaciones, el primer día. En el siguiente, protesta y arreglo.

La ciudad, como el mundo, era nuestra. Allá por donde íbamos todo era nuestro: la Île de la Citè, Notre-Dame y sus rosetones y arbotantes, el Palacio de Justicia, el Marais, los Jardines de las Tulleries, el Museo del Louvre y la Mona Lisa, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia y la Balsa de la Medusa, Saint-Germain-des-Près, el Museo d´Orsay entero, el Barrio Latino y el Boulevard Saint-Michel, el Panteón, los Inválidos con su tumba de Napoleón, el Museo del Ejército por fuera, la Torre Eiffel y sus vistas panorámicas, el Campo de Marte, el Trocadero, la Plaza de la Concordia, la Avda. de los Campos Elíseos, la Plaza Charles de Gaulle, el Arco del Triunfo y su Tumba del soldado desconocido, Montmartre, el Sagrado Corazón, la Plaza de la Bastilla y el Teatro de la Ópera, las aguas del Sena en un bateaumousche, los jardines y el palacio de Versalles, Disneyland París y sus tiendas de regalos, la discoteca Scala, la Plaza Vendôme, las Baguettes.
Tal como lo vemos ahora pudo haber sido más,
pero entonces no apreciábamos tanto la puntualidad ni las pérdidas
de tiempo ni el ruido ni las voces actas, como buenos españoles. Es
verdad que el tiempo pasa y no
espera. Pero todo eso no nos importaba porque íbamos juntos, contentos,
acabado ya el curso, con el verano por delante y casi todos nos veíamos
en éstas por primera vez.
Bajamos a Nimes por Lyon, donde dormimos y nos inmortalizaron en una foto frente a su famosa arena. Yrecorriendo el sur de Francia, cerca de la costa.
Atravesamos los Pirineos y visitamos la rejuvenecida y magnífica Barcelona, desde nos dirigimos a Port-Aventura, uno de nuestros grandes objetivos. Aquí, también, el disfrute fue total. Desde aquí nos dirigimos al hotel de Tarragona, donde pasamos la última noche. Ahora que lo recordamos, nos de pesar el haberle hecho pasar mala noche al conductor. La emprendieron con él y no lo dejaron dormir, por lo que debido a su cansancio no paramos en Valencia a bañarnos y regresamos antes a Granada.
De todos modos, en conjunto, damos por muy bueno este viaje, por lo que vimos
y por lo que convivimos. Y así queda para siempre.